Hispanoamérica, hija de la violencia

“Enterramos a mi madre con sus cosas: el vestido azul, los zapatos negros sin cuñas y las gafas multifocales. No podíamos despedirnos de otra manera. No podíamos borrar de su gesto aquellas prendas. Habría sido como devolverla incompleta a la tierra. Lo sepultamos todo, porque después de su muerte ya no nos quedaba nada”. Así se describe la miseria de un pueblo enterrado en la desesperanza, representado en Adelaida Falcón, quien fallece tras una larga enfermedad y cuya hija homónima suya, Adelaida, queda en la orfandad y el abandono total. Poco después del entierro halla su casa tomada por un grupo de mujeres. En su desesperación ingresa a casa de su vecina, Aurora Peralta, percatándose de que esta ha muerto y tiene un pasaporte hacia España aprobado, lo que representa para Adelaida una inmejorable oportunidad para huir de ese sitio hostil. Una trama que envuelve sentimientos encontrados y demás horrores que sucedieron en un pasado cercano en Venezuela y que aún pasan en la actualidad bajo el sistema dictatorial que rige dicha nación. Sainz Borgo lo mencionó a cada instante y definió su obra como una visión ficcional de la situación real que se vive en el país llanero.

En base a esta novela, Iwasaki instó a Sainz Borgo a contar otros detalles de la novela, además de criticar el chavismo y el seudosueño bolivariano que vendió su política a la gente, hecho que terminó por desestabilizar la economía de todo un país. Sainz Borgo es una acérrima enemiga del chavismo, por la ilusión de ver una América grande, unida y libre que este movimiento político generó. Y además por las olas de violencia que fueron consecuencia de las situaciones extremas en Venezuela, debido a la devaluación extrema de su moneda.

Para Iwasaki es (personalmente) trascendental el que temas de carácter político o vinculados a la violencia en sus diferentes formas, sean tocados hoy tan magistralmente por escritoras, temas que abordaban solo los hombres en sus novelas y que desde su visión femenina adquiere otra voz, un tono más crudo, paradójicamente brutal. En la conversación con Sainz Borgo salieron al tapete varios nombres de escritoras que están dando la hora justamente por la temática política y de violencia, con un estilo propio que describe con sobriedad situaciones extremas de la Hispanoamérica actual. Narradoras como Mónica Ojeda o María Fernanda Ampuero por citar algunos ejemplos importantes, como bien acotó Iwasaki en reiteradas ocasiones.

Incluso en la ronda de preguntas del público, el tema de la migración, ese cruzar o “atravesar el mar” representa un cambio después del cual nadie vuelve a ser el mismo, según palabras de Sainz Borgo. Otros temas de identidad y desarraigo fueron ampliados, asimismo, en el transcurso del conversatorio enriquecedor, en el que se vinculó incluso la violencia con el lenguaje mismo. “Tú aprendes a amar como aprendes a hablar”, enfatiza Sainz Borgo ante una intervención del público, asociándolo a una parte de su obra.

Finalmente, y como remarcó Iwasaki ante su predilección por la narrativa femenina, Sainz Borgo habló sobre los actuales momentos políticos en países como España, Ecuador o Venezuela (principalmente España, dado que ambos radican en ese lugar) y su relación con el feminismo (necesario y revisionista). “Que te llamen feminazi es parte de ese proceso de transformación, es normal”, declara Karina sin titubeos, inspirada por un instante cercano a lo leído en las obras de Doris Lessing o Coetzee, que son sus grandes referentes junto a Natalia Ginzburg en cuanto al tratamiento de la violencia desde el marco de la ficción. Pero como ella misma dice, “una cosa es la violencia por aburrimiento, por exceso de bienestar, y otra es la violencia como réplica o respuesta a lo que acaece a tu alrededor”. Y esa macabra imagen en la mente de la autora caraqueña, esa pila de cadáveres metidos en bolsas, arrumados uno sobre otro, fue la imagen normal para ella por un largo tiempo. Una mujer enfrentando con estoicismo y nervios de acero la crudeza de la vida en un país agreste. La violencia normalizada que fue como un olor de morgue, que “por más que te lo restriegues de la piel con todos los jabones, no se te quita” y que, mal que bien, fue carne de cañón para que Sainz Borgo disparase con acierto los fuegos de su narrativa.

Christian Ahumada Heredia