La angustia de Camilo Restrepo en 6 x 2 metros de papel

El artista plástico Camilo Restrepo conversa con el director de la revista Arcadia en una de las primeras charlas del Hay Festival Cartagena. Desde el 2013 no ha dejado de investigar en torno a la estética del narcotráfico. Se repite series como "El Patrón del Mal" y lee El Tiempo al acecho de los alias que llenan las páginas dedicadas a cubrir el terror: “Paisa”, “Romaña”, “Barney”, “Popeye”, “Flaco”, “Ruso” y “Orejas” son algunos seudónimos que aparecen pegados en el collage de su multitextual obra, El Bloc del Narco. De ella emanan lecturas envueltas en un humor ácido e inquietante, como esta:

HALLAN EN VIVIENDA DE BUCARAMANGA UN CARGAMENTO DE NARCOHABICHUELAS. 

"Este es un trabajo sobre el tiempo –comenta Restrepo, desenvuelto y tranquilo, en uno de los salones de la Casa Hay, que por cierto alberga una exposición de sus mejores obras–. La pregunta es cuánto tiempo debemos esperar a que todas las cosas en Colombia se narcoticen. Lo narco tiene su victoria cada vez que se apodera del lenguaje”.

Camilo clasifica y ordena la materia prima de sus obras como quien se dispone a ordenar una pesadilla o la locura, que son sinónimos de la guerra contra las drogas. Luego las palabras y las imágenes pasan al dibujo, que puede parecer una caricatura dantesca, donde casi todo es alegórico.

Como estudiante de estética en Estados Unidos, después de graduarse de ingeniero y trabajar seis años como fotógrafo, Camilo, hoy de 46 años, se vio hundido en una crisis de ansiedad y autoestima. Entendió un aspecto fundamental para la superación de ese dolor que luego trasladó al arte: "entre más queremos borrar una obsesión, más se incrusta en nuestra mente", afirma. Por eso exhibe los residuos de borrador en bolsas zip-loc. Aprendió a tratarlos con respeto y ordenarlos con meticulosidad de arqueólogo, pues ahora sabe que están cargados de significado. 

“El estudio era como mi cabeza, me ayudó a desmantelar esa búsqueda incesante de la perfección. En el tercer semestre empecé a hacer ese dibujo en una hojita, y lo llené, y fue otra hojita, y otra, y otra, y luego medía como cinco metros. Después de desmantelarme dibujando, de darle rienda suelta a lo que iba pasando por mi cabeza, que antes tenía supremamente controlada, pasa algo muy bonito y es que por primera vez en la vida me dejo de juzgar".

En la sala de exposición uno tiene la impresión de que sus obras saltaron de las paredes para llenar el vacío. "6 metros x 2 metros es un tamaño muy chiquito para expresar las angustias que se vivieron en los 80 y 90 en Medellín", le responde a Camilo Jiménez. En los muros cuelgan los primeros dibujos, que le dieron forma a la obra.

"Lo importante del dibujo no es sólo lo que queda en el papel, sino los excedentes que se producen. Son residuos que van en contra de la utopía, tanto la utopía personal como de la social. Si hablamos del fracaso de la guerra contra las drogas, los “deshechos”, ese reguero de muertos, se han vuelto peores que el daño que se quiere erradicar.