Juan Manuel Santos reconstruye sus años en el poder

La platea del teatro Adolfo Mejía congestionada, los palcos llenos hasta el cuarto piso quince minutos antes que empiece la conversación del ex-Presidente Juan Manuel Santos con el periodista Moisés Naím. Son las 8:00 pm. Entran al escenario y se paran en postura protocolaria, uno al lado del otro. Reciben un aplauso duradero y no protocolario. “La sala no parece tan polarizada como se pensaba”, dice Moisés, rompiendo el hielo de entrada.

Hablan sobre la vida del presidente luego de dejar el cargo, sobre las decisiones difíciles que enfrentó, las pasiones de la sociedad colombiana, la corrupción, las drogas, las marchas y Venezuela. En todo momento el público se mantiene intrigado, expectante, como ansioso por el regreso a sus vidas de un ser significativo. Al cabo de unos minutos nos acostumbramos otra vez a la cadencia pausada de Juan Manuel Santos, a sus respuestas calculadoras y, la mayoría de veces, exactas.

"¿Qué es lo que más echa de menos de la Presidencia?” “La adrenalina –responde–. De pronto cambia uno a una vida totalmente tranquila. Hoy estuve dedicado a mi nieta, escribiendo, leyendo. Pero a veces falta la adrenalina; no el poder, que hay que saber dejar”. “¿Cuál fue la decisión más dolorosa que tomó?”. Un pesado silencio se apodera del recinto, que quiebran luego varios murmullos.

Estando en Cartagena el comandante del ejército me llama y me dice que tienen localizado a Alfonso Cano. Yo ya tenía una relación indirecta con él, porque llevábamos negociando la agenda del proceso durante dos años. Pero teníamos unas reglas de juego, donde la guerra seguía hasta que no se firmara el acuerdo. 

Yo tuve que tomar una decisión. Por un lado las FF.MM. tenían a su objetivo más valioso en sus manos. Me habían dicho que Cano era un hombre difícil para negociar, muy dogmático. El riesgo de que rompieran las negociaciones eran altas y tenía que tomar la decisión en menos de diez minutos.

"¿Cuál fue la principal sorpresa que se llevó?” –pregunta luego Moisés–. Un señor desde un palco le grita a media voz, “dígala, dígala”, como si le estuviera hablando al hermano en la mesa del comedor. El ex-Presidente Santos responde. "Yo pensé que en el proceso, las víctimas iban a ser las que menos aceptarían una justicia transicional, los beneficios jurídicos para los victimarios. Un profesor de Harvard me dijo, “usted se está metiendo en un camino muy difícil, cuando vaya a botar la toalla, hable con las víctimas”. Hice eso y siempre me decían, “Siga adelante, persevere. No queremos que otros sufran lo que nosotros sufrimos”. 

En este punto la sala se destempla en un aplauso unísono y Moisés interviene. “Pero hay quienes dicen que la justicia es muy importante”. “Le cuento una anécdota –dice el ex-Presidente–.  Una víctima, Pastora Mira, perdió a su padre hace 15 años, a su hermano hace 10 y a su hijo hace 7. A los tres días de perder al hijo llegó una persona herida hasta su casa y ella lo atendió; lo acostó en la cama de su hijo muerto. Esta persona se curó y saliendo vio una foto de ella con su hijo. El señor quedó petrificado y tras averiguar que era el hijo le confesó que él lo había torturado y matado. La señora, petrificada también, lo miró y le dio las gracias, porque le evitaba odiar por el resto de su vida. 

Una nueva cortina de aplausos barre medio teatro y el ex-presidente parece sentirse cada vez más cómodo. Luego llega el tema de la lucha contra las drogas. "Pertenezco a la comisión global de drogas. La información que tenemos sobre el tráfico es interesante e infinita y se puede reducir a una anécdota. Churchill llegó a Estados Unidos en la época de la prohibición, entró a California y pidió un whisky. “Señor Presidente, eso aquí está prohibido”, le dijeron. Entonces respondió con sarcasmo, “¡Uy! Qué país más extraño este, esas ganancias fabulosas que se generan con las ventas de licor se las dan a las mafias. En mi país se las damos al fisco”. Eso resume la solución que debería ser de fondo, termina el ex-gobernante, aplaudido nuevamente.

La conversación está por terminar y sobre el tapete quedan los temas de las protestas y Venezuela. “Creo que Piñera se equivocó al decir que se trataba de una guerra y al sacar los tanques a la calle. Eso causó desconcierto y surgió el recuerdo de Pinochet –manifiesta Juan Manuel Santos, cuya camisa de lino con motivos marinos contrasta con el personaje que todos recordamos–. Recomienda construirle al régimen de Nicolás Maduro “un puente de oro” para su salida, y que esta sea digna y negociada. "Ningún gobernante debería olvidar la virtud de la empatía si es capaz de sentirla. Buscar puntos de coincidencia requiere paciencia y perseverancia”.