La Roma de Edoardo Albinati

Quizá haya que ser partidario de la inutilidad para escribir una novela de 1294 páginas. En todo caso eso –la inutilidad– es una de las cualidades que más aprecia Edoardo Albinati: “es la base del placer”, afirma.

“No estoy seguro qué es –dice Héctor Abad–: un tratado de psicología, o de sociología, o de urbanismo, o sobre la relación de hombres y mujeres. Parece una serie de ensayos. De cualquier manera, uno de los aspectos más bellos de este libro es que no se puede enmarcar en una ideología o creencia. Es como si estuvieran presentes todos los puntos de vista”.

“Ese es el mejor cumplido que me han hecho como escritor –responde el escritor romano, ganador del premio Strega en 2016– porque soy escéptico y, aunque en realidad no puedo representar todos los puntos de vista, no me gustan los escritores ideológicos”.

“A mí tampoco”–confiesa Abad, antes de que discutan, durante unos segundos absurdos, cuál de los dos es el más escéptico. Abad parece ser el ganador. Pero Albinati lo remata con lo siguiente: “Nunca he entendido bien para qué sirve creer. Si uno cree en algo es porque no está seguro de su verdad”.

De cierto modo el escritor está en lo correcto, pero sabe que templa un hilo delgado, y se ve demasiado sereno para entrar a debatir. “Esta noche –dice– no quisiera hacer filosofía”. Entonces discuten su último libro, La Escuela Católica, que Edoardo terminó de escribir el 29 de septiembre de 2015, el día que se cumplían 40 años del “delitto del Circeo” o crimen del Circeo, la violación de tres mujeres jóvenes y el posterior asesinato de dos de ellas por tres varones. 

Aunque podría decirse que la reconstrucción del crimen es la trama central de la novela, para el autor el punto de partida es la escuela donde hizo la primaria y el bachillerato, un colegio católico, masculino y burgués en un acomodado barrio romano, porque “el que va a la escuela de solo hombres está marcado para siempre”. 

El paralelismo con La Ciudad y los Perros salta a la vista de inmediato, y es el mismo Albinati quien lo advierte. “Cuando leíamos el libro de Vargas Llosa en el colegio estábamos fascinados ‘miren –decíamos– así somos nosotros; es Lima, bueno, pero esos somos”. 

Y aunque el libro describe de manera impecable y bellísima la vida de la burguesía en Roma, ahonda sobre todo en lo que su autor llama “el pasado que no pasa”, la manera cíclica en que se repiten los errores. “Escribí el libro porque 30 años después, uno de los tres asesinos mató a una madre y su hija”, asegura con aire tranquilo. 

"Sí –le responde a Héctor Abad–, puede que esos asesinos sean depravados y pervertidos. Pero al verlos así nos libramos de responsabilidad. La sociedad impone su moralismo laxo, que consiste en la trampa de decirse a uno mismo “ellos son diferentes; ellos son quienes tienen el problema del mal y yo no; no tenemos nada en común; Satanás, no Dios, es el autor del mal; Eva, no Adán”.

En contraste con esa actitud se encuentra la del novelista. “El narrador debe tener un moralismo alto, ver todos los elementos y tratar de entender cuáles comparte”.