"Nada como pensar después de haber comido bien”

En la fila para entrar al teatro Adolfo Mejía, el hombre que va delante deja caer el programa del festival y algún otro objeto. No lo ha notado. Al entregarle sus objetos da las gracias, "estoy hecho un desastre", dice mientras come una paleta de helado de agua verde. Era Sergio Ramírez, el hombre que pocos minutos después hablaría sobre "A qué saben los libros", el ganador del premio Cervantes y uno de los escritores latinoamericanos vivos más importantes.

Ya en el escenario aseguró que llegó a la escritura sobre Gastronomía como se llega a lo erótico: por prohibido. La cocina, para los hombres de su época, era inaccesible y siempre custodiada por mujeres, solo mujeres: esa es la razón por la que ahonda en su aporte y mística.

Desde esa inquietud inició su pesquisa sobre Rubén Darío, el comensal, más allá del poeta maldito y siempre fuera de los escenarios de la Francia intelectual. Sergio descubrió a un Rubén Darío embelesado con la con la cocina elevada a Arte al establecerse en Francia; apunta que no son nueve sino diez las musas. La décima sería Gastería.

José Antonio Carbonell alimentó la conversación llevando al autor de A la mesa con Rubén Darío a relatar anécdotas alrededor de la cocina como arte, y cómo el poeta -Rubén Darío- se acerca desde lo popular: "Lo que Darío conoce es la patria rural en la cocina". Ramírez anota -incluso insiste- en cómo el Caribe está atravesado por el acento africano y el inglés, diferente a lo que compone la cultura del Pacífico. Así es cómo el ajiaco (En Colombia, confinado a las cocinas del interior del país) deviene en los populares sancochos, las sopas que tanto acompañan al poeta en su escritura. 

La lectura del libro de Ramírez invita, en sus propias palabras, a entender la curiosidad acerca de nuestra gastronomía y sus ingredientes, tan legítima (y hasta equiparable) al rastreo de nuestros auténticos ancestros.