In memoriam Michael Jacobs – por Ed Vulliamy

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Los premios adoptan sus nombres “in memoriam” de brillantes escritores para garantizar la supervivencia de estos genios, pero sobre todo porque crear un premio en memoria de un escritor confirma que los grandes autores no sólo inspiran a lectores, sino también a personas con vocación de contar. A personas que escriben a su sombra, felices y encantadas con su trabajo.

Un premio así recompensa el acto de homenajear la creatividad, y reconoce el acto de rendir tributo a esa escritura en la que se hallan implícitos los logros del genial escritor, motivo que la hace merecedora de llevar su nombre. Éste es el caso del Premio Orwell en honor a la libertad; del Premio James Cameron, en memoria al gran reportero social y de guerra; del Premio George Award, en memoria al periodista de la CBS asesinado durante la Guerra Civil griega; o del Premio Ryszard Kapuncinsky, en honor al estandarte de oro del reportaje. Estos premios, por la persona a la que aluden, se diferencian de galardones relacionados con marcas como Orange o Costa, incluso Pulitzer, que no fue sino un magnate del sector de la información.

Estar involucrado en un premio cuyo nombre hace honor al genial Michael Jacobs es ya en sí mismo un honor para mí. Michael no fue sólo un querido e irremplazable amigo, fue una fuerza de la naturaleza y un escritor a su manera. Era conocido como escritor de viajes, pero los viajes con que se ganó a sus lectores eran algo más que geográficos. Eran más bien aventuras de la mente y de la imaginación abriéndose paso por obras de arte, montañas y ríos, por la historia con una curiosidad rapaz, por cuadros y también por lugares habitados por la alegría, el miedo y la gastronomía.

Este premio enfatiza el pobre analfabetismo de aquellos que reconocen “la literatura de viajes” y que jamás premiaron a Michael. Él era demasiado bueno para el nido de la paloma, demasiado libre de espíritu. No es que no mereciese aquellos premios, sino que ellos no se lo merecían a él.

Por esta razón tenemos el Premio Michael Jacobs. Un galardón para trabajos creativos y lo suficientemente bien escritos como para haber estado inspirados por Michael Jacobs y aquello que amó o temió, disfrutó o rió; y comprometido con las palabras. Debiera de ser un viaje, pero pudiera ser un camino hasta los confines de la tierra o desde el corcho del fondo de una botella de vino, pudiera andar sobre colinas y bajo valles, o, como dijo Bob Dylan: “a través de los aros de humo de tu mente”.

La prosa, poesía, memoria u obra ganadora debería estar impulsada por algo que Michael encarnó por excelencia: amor y entendimiento a la pintura, a esa Italia que él adoraba, a su República Irlandesa y su legado artístico, o quizás a lo más importante su vida: su amor por el mundo hispano.

Nadie sería tan insensato como para intentar imitar a Michael Jacobs, pero el premio será para alguien cuyo trabajo esté inspirado por él, cuyas palabras puedan parpadear de un modo que nos recuerde a cómo parpadearon los ojos de Michael. Aprendida, pero democrática. Dignidad con un brillo luminoso. No existe una receta para la alquimia, la magia hecha por Michael, el hechizo de sus libros. Pero precisamente por eso la obra ganadora habrá de ser un Viaje Michael-Class.

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