Una mesa redonda en abierto: el público cartagenero debate los límites de la libertad de expresión en la cultura

En 2026, el Hay Festival programó por primera vez una mesa redonda inspirada en el formato Long Table, concebido por la artista y performer Lois Weaver. La artista desdibuja la frontera entre lo público y lo privado, lo doméstico y lo político, e invita sin restricciones a participar en una mesa inspirada en uno de los eventos culturales más antiguos del mundo: una cena con amigas. Esta mesa redonda invita a los presentes a participar en la conversación, abandonarla, volver a ella, o escribir sus impresiones sobre la propia mesa. Este tipo de formato ofrece la posibilidad de utilizar un lenguaje que interpele y conecte a todo tipo de audiencias, eliminando barreras impuestas por el lenguaje institucionalizado de la academia, el colonialismo y el patriarcado. La mesa invita a utilizar lo que Ursula K. Leguin denominaba «lenguaje materno», un lenguaje encarnado, sin barreras ni jerarquías, que espera una respuesta y la escucha, y que, durante mucho tiempo, ha sido relegado al mundo de lo femenino, a las paredes del hogar. Abramos las puertas de nuestro salón, extendamos la mesa: la conversación está servida, y todo el que quiera puede sentarse a dialogar. 

Los límites de la libertad de expresión, a debate en la biblioteca

La mesa se inicia en una biblioteca, un tercer lugar más allá del trabajo y el hogar, donde uno puede simplemente disfrutar de la compañía y la conversación de otras personas sin necesidad de consumir. Cuenta con doce sillas: cinco a cada lado para los participantes; y una en cada extremo para los dos anfitriones. Ellos no se encargan de moderar el evento, sino de mantener el respeto y la calma en caso de necesidad. En esta ocasión son David Lara Ramos, escritor, periodista, abogado y director del programa de Comunicación Social de la Universidad de Cartagena, y Rosmery Armenteros, escritora y gestora cultural. La mesa propuso el siguiente tema: ¿Cuáles son los límites de la libertad de expresión en los eventos culturales? 

Lara Ramos inicia la conversación reflexionando sobre la posibilidad de la palabra y la importancia de ligarla a un contexto. Rememorando su crónica sobre la matanza en Chengue («Chengue era como el paraíso, pero no...yo no regresaría»), cuenta cómo, mientras cubría el conflicto, estaba acompañado de un par de estudiantes que le llamaban «profe». Un campesino se apiada y se acerca para decirle: «No deje que le sigan diciendo profe. No sabe cuántos alias ‘El profe’ han matado por aquí». Desde entonces, pide a los estudiantes que se refieran a él como «tío». Un evento similar le sucede en San Martín de Loba, esta vez con la palabra investigador: «No vuelva a decir que es investigador. Esa palabra no es bien recibida por estos lares». Lara Ramos liga esas anécdotas con las categorías y definiciones jurídicas, y con la diferencia entre hablar de libertad («Hablar de todo») y hablar sobre derechos («Hablar de límites, porque está siempre en pugna y en juego el derecho del otro»). Para él, la inclusión del término eventos culturales en el tema de conversación implica pensar en la evolución del concepto: «Mi abuela decía que ella había tenido una ‘eventualidad’, en referencia a algo no programable. Ahora que el evento se espera, las ideas de 'evento' y 'cultura' han mutado. En la palabra cultura hay ahora una gran diversidad de posibilidades». Termina su introducción preguntándose quién tiene derecho a expresarse libremente, rememorando el antiguo requisito de contar con una tarjeta profesional en Colombia para poder ejercer el periodismo y, por lo tanto, ejercer el derecho a una libertad de expresión sin barreras. 

Al acabar su intervención, da la palabra a las participantes. En este momento son poco más de las tres y cuarto de la tarde. Hay cuatro mujeres sentadas a la mesa. Frente a ella, dos hileras de sillas dan la bienvenida a cualquier curioso que quiera sentarse a escuchar. Siempre pueden cambiar de opinión y sentarse a la mesa. 

La primera intervención corre a cargo de quien está sentada al lado de uno de los anfitriones, que de ahora en adelante mencionaremos como A. Quiere hablar de los extremos que pueden convivir en los eventos culturales cuando decidimos formar parte de ellos. Los concibe como «un plano cartesiano» donde «siempre va a haber el que haga o no haga, opine o no opine». Para ella, el marco que no se debe perder de vista es el respeto, «aunque sea una obviedad, una utopía, un verso en un papel». Lee algunas frases que ha ido escribiendo sobre la mesa, como «los eventos culturales deben ser oportunos y pertinentes, filtrar cómo ser parte activa y añadir valor». Se pregunta cómo puede Cartagena fomentar la participación en los eventos culturales, que proporcionan «un espacio a la otredad donde poner tu posición y encontrar un equilibrio», y son necesarios «para entendernos mejor, para tener memoria y construirla, para hacer historia».

Una mujer sentada frente a A, de ahora en adelante B, responde que de lo que hay que hablar es de libertad de expresión, y que esta no se puede coartar. Recuerda que, en su introducción, Lara Ramos invitaba a fijarse en el contexto, y que en este caso tenemos derecho a la libertad desde que nacemos, pero también estamos insertos en una estructura social. «En los eventos hay un marco regulatorio. Cuando enmarcamos las libertades en la cultura, siente uno la posibilidad de romper, de estar en la orilla incómoda de lo que no se quiere escuchar». B defiende que en los eventos culturales la libertad debería ser plena. 

Una tercera participante, C, pregunta a B a qué se refiere con marcos regulatorios. «¿Habla del marco cultural que vemos en las academias de Occidente?». B habla de las convenciones sociales ligadas a lugares como las bibliotecas, y añade que le encanta que haya utilizado la palabra Occidente, porque invita a la deconstrucción de lo que se consume. «El Hay Festival posee sus propias reglas, pero están muy occidentalizadas». Se menciona la palabra prudencia en el contexto de los eventos culturales. Según B, la prudencia no equivale a censura, sino a actuar de buena fe y no hacer daño. 

Poco a poco, la mesa se va llenando, las sillas para los oyentes también. Si al principio había diez personas como oyente, ahora hay unas veinte escuchando en la biblioteca. Rosmery Armenteros recuerda el formato del evento. 

Una nueva participante, D, pone un ejemplo concreto que ilustra las tensiones entre el marco de un evento y la libertad de expresión de sus participantes. En el canal de YouTube Jubilee debaten personas con posturas completamente opuestas. Plantea el caso de una feminista que se sienta frente a alguien que se reconoce como fascista y que, apoyándose en la religión, niega el derecho a voto de las mujeres, y defiende que vuelvan al hogar. «¿Cómo culpo yo a alguien de no querer dialogar con una persona que la deshumaniza?, ¿cómo convencer a alguien de dialogar con ese hombre? ¿De cambiar de opinión por ese hombre? Entiendo que existan límites cuando las personas se sienten deshumanizadas». 

La mesa se ha ido llenando. Una quinta persona, E, toma la palabra para reprochar que las posturas de la mesa están siendo ambiguas. «No se puede ser ambigua. El límite es la intolerancia. No promuevo la censura, pero hay cosas que uno no va a permitir. Que me impongan una ideología fascista, que tengamos que regresar a los tiempos en los que una mujer no podía votar». 

B interviene de nuevo, para decir que querer controlar quién puede o no opinar ha propiciado violencia históricamente. Cree que debe garantizarse la presencia de todos, y que no es imposible convencer ni deconstruir. Cree que confrontar es importante, especialmente en la era del control de medios y del algoritmo que nos encierra en nuestras ideas. 

D replica que sí hay posturas irreconciliables: por ejemplo, los discursos de odio como los de Andrew Tate, el creador de contenido de extrema derecha acusado de delitos de odio y tráfico de personas.

C vuelve a tomar la palabra para llamar la atención sobre el hecho de que no hay jóvenes en los eventos culturales. Lanza una pregunta a la mesa: ¿por qué no acuden estudiantes a este festival?, ¿quiénes sí están presentes en los eventos culturales? «Cuando reescribes y trabajas la ciudad, ves a una ciudad carente de cultura».

Una persona más joven, F, se sienta a la mesa. «Uno de los motivos es que se nos demerita por ser jóvenes. El otro es la exclusión. Siempre se da la oportunidad a gente de renombre, vienen con sus contactos. No llamas al interés de los jóvenes si no invitas a gente como Nicole Sánchez Castillo, que entiende nuestras preocupaciones». Respecto al tema central de la mesa, no cree que los espacios culturales deban excluir voces de buenas a primeras, a menos que la persona manifieste ser una amenaza para los demás. También opina que la confrontación no debería ser personal, deberías ser capaz de debatir tu opinión con los demás y de ser coherente. Responde al comentario de B sobre el algoritmo: «En redes sociales estamos ante un monólogo a través de la exposición. Es parecido al proceso de hacer foie gras. ¿Saben cómo se hace?, cogen a un pato y lo alimentan por la fuerza hasta que el hígado se vuelve gordo y graso». 

Una mujer de mediana edad, G, interviene por primera vez. Quiere saber qué entienden los demás por evento cultural. Reflexiona sobre lo que significa la cultura para ella: «Todo lo que compartimos; no es solo la educación artística elevada y legitimada por la cultura occidental, lo popular está incluido. Es la expresión de todas esas creencias y hábitos». Afirma que ella forma parte de la otredad, que todos formamos parte de la otredad. Intentó ir a los eventos del Hay Festival Comunitario en El Pozón, pero le pareció que estaban muy lejos, y que, por respeto, no iba a ocupar un espacio que no era el suyo. 

C comenta que los proyectos comunitarios no funcionan, porque «no hay un proyecto divulgativo a largo plazo que prepare a la comunidad en situaciones de riesgo para ese evento». Añade que el transporte es un factor importante: muchos estudiantes no se lo pueden permitir. Menciona la noción de capital cultural de Bourdieu, y que quien no lo tiene no accede a la cultura. 

Un hombre de mediana edad, que hasta ahora había estado escuchando, se levanta y se sienta a la mesa. H es profesor de derecho constitucional, lleva a la mesa un manual de derecho. Su intervención choca con el resto: el discurso es rápido y su volumen bajo, casi no se escucha lo que dice. No parece un discurso al que le interese recibir o escuchar una respuesta. Menciona los límites al derecho constitucional a la libertad de expresión en el ámbito jurídico; por ejemplo, cuando afecta al orden público, y la prohibición absoluta de emitir discursos discriminatorios por razón de raza, sexo o religión, la incitación al odio o la guerra. Hace referencia al artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. 

D retoma lo que G había comentado —«todos somos la otredad»— para recordar que no todo el mundo lo es. «La narrativa hegemónica estándar siempre la produce un lado, y sí o sí excluye al otro. La otredad viene de una cuestión racial». 

B retoma la conversación para hablar de la desfinanciación explícita de la cultura en Cartagena de Indias, y de cómo las instituciones no invierten tampoco en educación. Los estudiantes consiguen el diploma como un trámite y habitan esos espacios desde el desaliento. 

H, el profesor de derecho, deja la mesa. Una nueva participante, I, toma la palabra. Ella trabaja con comunidades en riesgo de exclusión de la ciudad, y allí nadie conoce el festival. Tras 21 años en la ciudad, mucha gente no lo conoce. «En Cartagena no se lee. ¿Qué puede dejar aquí un festival que sucede una vez al año?». 

F menciona su experiencia en el sector público, y que su lógica es cuadriculada: «Es contraria al fomento de la cultura, de lo no estrictamente necesario». 

Otro chico, de una edad parecida a F, se une a la mesa. J dice que Cartagena es una ciudad elitista. «No hay jóvenes porque no nos quieren aquí,en el centro; ni a nosotros ni a las personas de los barrios». Habla de la historia del Centro de Convenciones de Cartagena, donde tienen lugar varios eventos del festival. «Antes era el mercado de Cartagena. Intentaron echar a las personas que ocupaban ese espacio desde que la ciudad fue construida. Un incendio lo destruyó todo, y se habló de reconstruir el mercado. Cuando el edificio estaba acabado se convirtió en un espacio privado al que ya no podían volver. Y ahora Getsemaní es aclamado por su diversidad cultural, cuando Cartagena entierra a su gente como si fuera polvo bajo la alfombra».

B retoma la palabra para decir que es escritora, con cuatro libros autopublicados, y se pregunta por la presencia de los escritores cartageneros en los espacios culturales. «Nos tienen que descubrir personas que estudian literatura de otros lugares del mundo. Nos hacemos relevantes cuando un investigador viene y nos desempolva. Entonces algo pasa». 

C reflexiona: «En un evento sobre los límites en la cultura nos hemos puesto a hablar de políticas públicas, porque hay carencias. Y para venir a hablar de libertad de expresión hay que estar familiarizado con la libertad, la cultura, desde qué postura la miras: eurocéntrica, africana, del medio oriente. Estamos en una crisis geopolítica tan grande que no podemos hablar de libertad de expresión, porque hasta ahora no nos hemos podido expresar».

Ya son más de las cuatro de la tarde. Los anfitriones anuncian que la mesa ha terminado. David Lara Ramos propone un nuevo filón para el año que viene: preguntarse cómo los eventos culturales limitan la libertad de expresión. Sobre la mesa quedan palabras, dibujos y rastros del encuentro. Alguien ha escrito en letras grandes CHAMBACÚ, el que fue un barrio poblado por afrodescendientes de la ciudad de Cartagena de Indias, y que se convirtió en uno de los más pobres de Colombia. Gabriel García Márquez escribió en 1955 que «lo más humano que tiene Cartagena es Chambacú, un barrio que hierve y se pudre de pura humanidad». En 1970 1 300 familias fueron reubicadas para salvaguardar la imagen de la ciudad como destino turístico. La mesa de hoy ha escogido no olvidar quiénes son los verdaderos protagonistas del Hay Festival: Cartagena y sus habitantes.