A menudo se piensan estas conversaciones como los encuentros que se dan encima del escenario y delante de un público. Y es cierto, un parte de ellos así suceden. Pero en algunas ocasiones, como es el caso de esta, el gran encuentro sucede fuera del escenario. Por eso el sentido de escribir sobre ello. Leer el trabajo de Shon las semanas previas al encuentro, fue una forma de irme introduciendo en su forma de mirar el mundo, en su precisión y análisis, en sus dudas y en su tenacidad por narrar con la mayor complejidad la cuestión trans en el Reino Unido. Allí me di cuenta de su tenacidad y sobre todo de su constelación de obsesiones y temas; eran muy parecidos a los míos. En su libro la clase, el género y la raza se unen y se explican entre sí, se manifiestan sus interacciones y contradicciones. Existía un entendimiento común que la cuestión trans no está aislada de los demás poderes represivos, ni del sistema heteropatriarcal-colonial. Durante esa lectura, previa al viaje, ya estaba sucediendo un encuentro, una batería de cuestiones sobre las que conversar, pero sobre todo una sensación de solidaridad, de lugar común, de un cierto sosiego al entender que quizá iba a encontrarme con una nueva compañera: a menudo me siento sola, tratando de abrir brechas donde pueda entrar algo de luz, persistiendo en determinados temas, tratando de hacerme las mismas preguntas, arriesgando por los mismos senderos, y saber que hay gente que trata de hacer lo mismo, como Shon, y que dedica esa cantidad ingente de horas que supone la escritura de un libro, es reconfortante. Y allí vino la segunda parte de ese encuentro: el momento de vernos en persona.
Creo que las dos estábamos nerviosas, siempre hay algo forzado y poco natural en esos encuentros. Metidas las dos en un taxi, mojadas, con dos paraguas en el suelo, con mi flequillo indomable por la humedad, y con media Cartagena inundada por la lluvia tozuda e incesante que no nos dio tregua en ningún momento, las dos empezamos a hacernos preguntas, a tantear que oportunidades de conversación se nos abrían. Y pronto empezamos a hablar de nuestros trabajos, de los libros que estábamos escribiendo, de la exposición, del peligro de hablar del yo, de la gestión de los seres queridos, de la duda perpetua hasta donde hay que escribir, la culpabilidad, la convicción, el miedo,… Cuando nos dimos cuenta, nos estaban llamando para salir al escenario. Intuí en ambas que, si por nosotras fuera, dejaríamos vacío ese escenario, y continuáramos adentrándonos en esa conversación que había empezado hacía mucho, la primera vez que abrí su libro, y que nos llevaría tiempo terminarla. Como decía en un inicio, siempre se piensan estos encuentros como el tiempo que sucede encima del escenario, en este caso, el encuentro sucedió fuera de él.