Cambio Climático, entre la ira y la esperanza

Andrea Wulf publicó hace dos años la aclamada biografía de Alexander von Humboldt, La invención de la Naturaleza, donde detalla en profundidad el viaje de 5 años por América Latina y la realización de que la naturaleza es un todo interconectado.

En la época en que Humboldt divulgó sus ideas –1802– nadie se imaginaba que el clima pudiera tener relación con la actividad humana. Era, en otras palabras, un terreno reservado para los dioses. En esta charla, donde participó también Rosie Boycott, una activista y experta en alimentación y cambio climático, lo primero que quedó claro es que aun en la Inglaterra de hoy la gente piensa que el cambio climático no los va a afectar.

La editora asociada al diario The Guardian, Claire Armitstead, moderó la conversación y puso sobre la mesa la necesidad de desmantelar la historia en torno al cambio climático, contemplarlo directamente, lo cual pasa por aceptar que en los últimos treinta años, cuando ya la ciencia climática tenía suficientes evidencias del problema, se emitieron muchas más emisiones de dióxido de carbono que en las tres décadas posteriores a la segunda guerra mundial.

La historia ofrece cifras y una explicación racional. En otras palabras, “es alentadora –sugiere Wulf– porque además podemos entender un poco de dónde viene todo esto. Pero tenemos que traer las emociones al debate: necesitamos poetas, escritores y artistas que traten con el cambio climático, necesitamos narrativas que apoyen o agranden lo que la ciencia descubre”. 

Una perspectiva de las expectativas generacionales aporta mucho al debate. Para Boycott, quien se reserva un optimismo muy delgado frente a la situación del clima, el problema está anclado a la ambición del ser humano. “Toda generación espera ser más rica que la anterior. Tendremos que ver cómo cambiar nuestro pensamiento para entender que nuestra recompensa es un bien común y planetario”. 

Por fin hay una nueva generación que hace parte de la discusión. Son los niños y adolescentes cuyas consciencias despertaron en años pasados y cuyos ojos juzgan a quienes tienen más de 40 años como los responsables. Pero si en algo coinciden las tres autoras es que asignar culpas no va a cambiar el futuro, y si va a dilatar la toma de decisiones.