Capitalismo en crisis

Joseph Stiglitz fue consejero de Bill Clinton durante su gobierno y vicepresidente del Banco Mundial antes de ganar el premio Nobel de Economía en 2001. En su más reciente libro, Capitalismo Progresista: cómo responder a la era del malestar, el pensador hace un diagnóstico del paciente en crisis, el capitalismo, y del tipo de intervención quirúrgica que necesita: una cirugía sencilla o una a corazón abierto. 

El diagnóstico de la enfermedad del capitalismo lo comparten tanto el presidente de JP Morgan, quien dijo que a menos de que se enmiende desaparecerá, y críticos del sistema mucho más a la izquierda en la política. Uno de los cambios fundamentales que la visión del Capitalismo Progresista propone es que las corporaciones le presten atención a grupos de interés que vayan más allá de los accionistas.

En la esfera de lo público, esto podría ejemplificarse con el estudio que Stiglitz está haciendo para calcular un PIB “verde”, que tenga en cuenta el impacto ecológico del crecimiento y que promoviera uno más limpio. Moisés Naím sostuvo con él una conversación que, sin entrar en detalles demasiado técnicos, versó sobre los retos más urgentes de la economía como la desigualdad, los gigantes tecnológicos y las noticias falsas, el desarrollo en países como India y China y sus opiniones sobre Venezuela. 

Uno de los momentos sobresalientes de la conversación fue cuando el periodista le preguntó a Stiglitz si se arrepentía de haber aplaudido la economía venezolana cuando Chávez empezaba a gobernar, dada la monumental evidencia de su fracaso. “Venezuela era el país –o es, responde Stiglitz– más rico en recursos naturales, pero tenía dos tercios de su población sumidos en la pobreza. Al inicio Chávez tenía un conjunto de ideas acerca de cómo lidiar con la economía y yo estaba respondiendo a ese programa, pero el problema es que no lo implementó y se volvió más autoritario. La pregunta interesante es por qué fracasó al tratar de implementarlo”.

Acerca de las protestas que agitan la política en América Latina y otras partes del mundo, Naím le preguntó a Stiglitz qué pensaba. Este respondió que en efecto tenían que ver con cierto fracaso –o promesas incumplidas– del neoliberalismo que se empezó a implantar en América Latina desde hace cuarenta años. “Pero en cada país uno puede ver una gama de políticas distintas” –le argumenta Naím, buscando encontrar una respuesta de mayor complejidad. “Sí, pero con la misma filosofía detrás de ellas –dice Stiglitz: bajar impuestos y privatizar empresas públicas”. 

En fin, para este eminente economista es evidente que la dirección actual del capitalismo no es aceptable. “Hubo un tiempo en que el capitalismo era estable –explica– porque tenía más regulaciones. Cómo no había casi crisis, empezaron a desmontarlas. Ahora hemos contado más de 100 crisis desde los años ochenta y hay quienes insisten en mantenerlo libre de intervención estatal”.