Bonus Track: Gael García Bernal

El peligro de convertirse en actor

Jacobo García

La primera vez que escuchó la palabra casting pensó que se trataba de una bebida energética. Y cuando escuchó hablar de premier, pensó que era la forma cursi de decirle que habían ganado el primer premio de algo. Cuatro años después de aquello recuerda cada cagada con una enorme sonrisota de dientes separados. Poco a poco Gabriel Carbajal ha ido metiéndose en un mundo que no conocía y ahora suelta así, como si nada, que estuvo en China.

En cambio, la pancarta que tiene a la espalda no puede ser más local: “Ratero, anda con ojo, estamos vigilando. Si te agarramos, no te entregamos, te linchamos”. No es una manta aislada, colgada de lado a lado de la calle 5 de mayo de Santiago Tulyehualco. En el pueblo anterior, San Gregorio Atlapulco, hay otras tres o cuatro, igual en Santa Cruz Acalpixca o San Juan Mototepec. El “vigilantismo” se extiende por Xochimilco con la naturalidad de los canales. Pero esa es otra historia. O no. Nadie mejor que quien ha mamado esto desde la cuna para dar vida a la película y echarse a los hombros el momento estelar; la dramática persecución de tres jóvenes acorralados por un pueblo enajenado que los busca con el machete en la mano. Esa escena ya la

habían visto antes Gabriel y Esmeralda.

El director, Gael García Bernal y Luis Rosales, director de casting, eligieron a gran parte de los actores de la película de entre cientos de jóvenes de los municipios cercanos, para que dieran vida a sus chicuarotes. Sus padres estuvieron empleados en las bodegas, seguridad o en el servicio de las comidas durante el tiempo que duró la grabación.

El equipo de Gael García recorrió las escuelas del sur de la Ciudad de México, haciendo audiciones hasta que encontraron a Gabriel Carbajal, que empezó esta aventura con quince años y hoy tiene diecinueve y a Esmeralda Ortiz, que hoy tiene veintidós años y un bebé, pero que comenzó haciendo las primeras pruebas con dieciocho años y un novio celoso que amenazaba con abandonarla porque “como entres a eso del cine y tengas que besarte con el actor lo voy a considerar engaño”.

Después de tres semanas de pruebas y audiciones, ambos fueron escogidos en 2016 entre decenas de aspirantes. A partir de entonces recibieron casi dos años de multitud de cursos de formación actoral, interpretación o clown, entre otros. Recorrieron academias y pasaron por las manos de muchos maestros antes de empezar a rodar. Otros fines de semana, por ejemplo, se unieron con el resto de actores y el director de la película para hacer algo tan raro como jugar a juegos de mesa durante horas “solo para que nos conociéramos”, recuerda Gabriel. En todos estos cursos aprendieron a improvisar, seguridad ante la cámara, técnicas para memorizar los guiones o incluso a manejar cuatro pelotas en el aire para poder hacer de payaso de una forma creíble.

El vendedor de chocolates sube al pesero. “¿A poco no tienes sin gluten?”, bromea Gabriel. El enclenque chamaco desborda vitalidad y energía. Actúa las veinticuatro horas y tiene un talento natural para llevar buen rollo por donde pasa. Cuando se proyectaba Los Soprano mucha gente se creyó Tony y se permitían salir en batín de baño y chanclas al portal a buscar el periódico hasta que fueron conscientes del ridículo. Él también. Y a cada rato hace bromas tan malas como las del Moloteco, su personaje. Pero solo alguien muy seguro de sí mismo podría hacerle un chiste así al tipo con aspecto de marero y tatuaje de dragón en el cuello que serpentea entre los pasajeros vendiendo los dulces. ¿Habrá cursos de aplomo para particulares?, me pregunto, mientras ellos ríen.

Cuando camina por Tulyehualco, Gabriel mezcla el bamboleo de Tin Tan con el del Lazarillo de Tormes. Chistea, habla de la escuela, de sus padres, de los perros, de las envidias, de sus amigos, de la marihuana, de cuando tocaba la tambora. Le mienta la madre a un carro que casi le roza o explica que no tiene suerte en los castings, porque buscan gente guapa para anunciar perfumes “y, pues, yo soy feo”. Y de todo eso habla en media hora mientras camina rumbo al teatro del Centro Cultural Miquiztli, en donde participa en el musical de Coco. En su casa, con sus hermanos y sus padres es también el centro de atención. Probablemente sea así desde que nació un veinticuatro de diciembre de 1999 casi a las doce de la noche.

Hoy es día de muertos y Esmeralda no va porque le dan mala vibra los panteones. Su pueblo es una fiesta naranja y musical que ella observa de refilón. En la película Chicuarotes, su padre, el Baturro, muere envenenado con alcohol y en la vida real su pareja, el padre de su hijo de un año, es un soldado destinado en Tamaulipas. Los héroes que se parten la madre, obedecen órdenes, no roban, no extorsionan y ponen el pecho para que se los agujereen antes de que las balas lleguen a un colegio, también salen de pueblos como San Gregorio.

Esmeralda Ortiz, 28 de marzo de 1997, salía de la iglesia cuando del equipo de Gael la llamaron para decir que la habían escogido. Su personaje, “lo mejor que me ha pasado en la vida”, es el de Güily, la hija pequeña de una familia que se rompe y donde ella se esfuerza por cubrir a sus hermanos y salvar el poco pegamento que queda. “En eso se parece mucho a mí. Pero somos opuestas en que yo no me dejo manosear”, dice con pudor. “Me gusta que en la película las mujeres tenemos un papel importante. Y es algo que no vi durante el rodaje, pero que después de verla tantas veces me hace darme cuenta y saber cuáles son mis derechos y mis límites y me hace sentir orgullosa de las mujeres. Después de hacer la película he aprendido a decir NO, o hablar con los vecinos sobre problemas de violencia doméstica”, recuerda.

Esmeralda se toma muy a pecho su papel de embajadora de la película para quienes no han captado el mensaje. Y pasa horas y horas explicando a sus vecinos de San Gregorio, a los que según ella no la han entendido bien “que no se trata de una película del pueblo sino de problemas de todo el país. Problemas como la violencia en los hogares, la falta de oportunidades para los jóvenes, el alcoholismo o los abusos sexuales”, detalla. “O cómo las mujeres hemos aprendido a decir no y a no soportar golpes ni abusos”.

Más cosas buenas de Tulyehualco. En este pueblo verde a una hora y media en coche del Zócalo, está una de las camadas de uno de los sistemas de diques construidos durante el imperio azteca para controlar los niveles de agua de los lagos que rodeaban a la ciudad de Tenochtitlán, y en especial el dique de Cuitláhuac separaba las aguas saladas del lago de Chalco de las aguas dulces del lago de Xochimilco. Por aquí también pasó Hernán Cortés, donde paró para observar por primera vez un dique del sistema hidráulico mexica. Más recientemente, Porfirio Díaz inauguró en 1908 el tranvía para unir Tulyehualco y Xochimilco, y de ahí al centro de la Ciudad de México, a 35 kilómetros de distancia, por Tlalpan. En Tulyehualco nació y murió el compositor del himno oficioso de México, “Cielito lindo”, y para que a ningún vecino se le olvide que esta es la tierra de Quirino Mendoza, su canción suena todos los días –todos– a las siete de la tarde desde las campanas de la iglesia.

Gabriel Carbajal actúa dentro y fuera del cine. Tanto que cuando se dirige al teatro le pregunto qué tal se lleva con sus compañeros y me dice que de maravilla. Cuando llega le reciben con la mano guanga y reproches de que llega tarde y no ha terminado de vestirse cuando sale el primer actor a escena. “Sí, bueno, me retraso mucho”, reconoce.

–¿Qué te ha dejado esta película?

Y Gabriel toma aire y responde todo seguido enlazando temas y sin pausas:

–Entonces Gael un día me dijo: “Tienes que ser más respetuoso en las cámaras y con la gente porque eres bien pinche improvisado, que no sé de dónde lo sacas, y es la gente que te ve y le gusta lo que haces a quien le debes respeto”, y ahí entonces empecé a ser más maduro, a comportarme y a tener más claras las cosas, porque entonces me di cuenta con mi familia que si algún día ellos no están y no hago bien las cosas, pues entonces el futuro me va a chingar bien gacho y entonces me dije: “Pues si es así, voy a empezar a hacer más cosas por mi lado”, y me decidí a hacer castings, con lo cual me ha ido de la chingada porque en ninguno me quedé y fue una gastadera y pienso que no sirvió para nada, pero me doy cuenta de que me enseñó a saber lo que valen las cosas –dice sin pausa para tomar aire.

–¿Cuál es el mejor consejo que has recibido?

–Me lo dio el Cagalera (el actor Benny Emmanuel): “No hagas televisión ahorita. La televisión te hace famoso en México, pero el cine te hace famoso en el mundo”.

–¿Dónde te ves en un futuro?

–Sueño con estar en una película con Gael García.

–¿A qué se dedican tus amigos de Tulyehualco?

–Choferes de combis, micros, taxistas, albañilería –responde frente a un platillo salido de las chinampas: atole de amaranto y un tamal de frijol con mole. Made in Mixquic.

En la película, el Moloteco y el Cagalera son unas Thelma y Louise de extrarradio. Dos amargos payasitos que asaltan peseros en Tlalpan. La permanente huida como motor o un John Wayne y James Stewart modernos en El hombre que mató a Baturro Valance.

Frente a ellos se encuentra Güily (Esmeralda), una buena niña en un entorno hostil donde ve cómo su madre recibe palizas un día sí y otro también.

Si hay un consejo estúpido que se le puede dar a Gabriel o a Esmeralda es que tengan los pies en el suelo. La realidad los ubica la mayoría de los días, a él cuando sale con su padre a vender paletas por los colegios de la zona, a ella cuando vuelve a vender sus perfumes a domicilio porque no hay nuevos castings o no puede dejar a su bebé.

Esmeralda es tan pequeña físicamente como enorme cuando habla. “Aquí la gente”, dice en referencia a sus vecinos, “es muy buena para hacer bromas sobre los homosexuales, como diciendo que les gusta el arroz con popote y esas cosas, pero en cambio son malos para preguntar o interesarse por el prójimo”, dice subiendo el tono. El curso de confianza no está creando actores sino militantes donde más falta hace.

Admira a Yalitza Aparicio, la protagonista de Roma, pero se inspiró en Dolores Heredia, la veterana actriz que hace de su madre en la película, la desventurada mujer golpeada hasta el cansancio por su esposo. A ella se la quedaba mirando en el set al ver cómo de forma natural interpretaba una escena en la que debía cambiar radicalmente de registro y pasar de una sonrisa cariñosa al pánico que le provocaba la presencia de su esposo. Tanto le gustaba la veterana actriz que Esmeralda por las noches, al volver del rodaje, se quedaba buscando en YouTube videos de ella o entrevistas con la prensa. Y la respuesta que más le gustó fue cuando dijo que no quería hacerse una cirugía estética “porque mis arrugas son quien soy”.

Esmeralda habla continuamente de Dios y del equipo que trabajó con ella. Destila generosidad. Se refiere siempre “a los maquilladores, los cámaras, los iluminadores o los sonidistas que hacen posible una película”. Ha visto cien veces Chicuarotes y otras tantas La vendedora de rosas, la película colombiana que le inspira.

Antes de conocer al padre de su hijo, Esmeralda tenía un novio. Un día le dijo que había sido seleccionada pero ni siquiera conocía el guión. Entonces aquel novio volvió a repetirle que “si se besaba con alguien durante alguna escena lo consideraría engaño”. Y Esmeralda lo mandó a volar. Fue la primera víctima del peligro de convertirse en actriz.