El llamado de la memoria

La jornada del jueves en el Hay Festival Querétaro abrió con la charla entre Jean Marie Le Clézio y Julián Herbert. Ambos hablaron de lo que Walter Benjamin llamó “memoria involuntaria”, es decir, la forma en que los recuerdos irrumpen de manera espontánea en la mente. Y es que, para Herbert, Canción de infancia, el más reciente libro del escritor francés, es precisamente eso: un ejercicio de memoria involuntaria que abarca la infancia de su autor, por un lado, durante sus estancias vacacionales en la Bretaña, y por el otro, en Niza, al lado de su abuela, durante la Segunda Guerra Mundial.  

Según dijo el escritor francés, Canción de infancia es un libro imprevisto. Surgió al mismo tiempo que la amenaza de la pandemia. Y se desarrolló durante el encierro, que le evocó aquel periodo de su niñez, en el que él y su familia tuvieron que encerrarse en un pueblo de la serranía de Niza, escondidos de los nazis. Como si estuviera inmerso en una de esas grandes olas mnémicas que dan impulso a la historia, setenta años después escuchó nuevamente, todos los días a las 19 horas, la misma alarma que durante su niñez sonaba para alertar de alguna amenaza bélica. 

La primera memoria de Le Clézio, de la que está completamente seguro, es él cayendo sobre el piso del baño de su casa, tras el estallido de una bomba a veinte metros del edificio donde vivía con su familia. Una imagen violentísima que lo ha acompañado durante toda su vida, y que habrá de acompañar a todos esos niños de hoy que están viviendo esa misma experiencia en varias regiones del mundo. De la que solo por momentos podía librarse gracias a las historias que le contaba su abuela a él y a su hermano, que los ayudaron a sobrellevar la guerra. 

Se habló también de su paso por México, adonde llegó en 1967 con la encomienda de ordenar la biblioteca del Instituto Francés de América Latina, gracias a lo cual pudo leer todo aquello que encontró sobre el país, particularmente a los cronistas y a los contemporáneos. Vivió también el movimiento del 68. Recordó los autobuses vestidos con banderas rojinegras circulando por Insurgentes, el sonido de helicópteros patrullando la Ciudad de México, la muchedumbre silenciosa manifestándose en Paseo de la Reforma ante la represión gubernamental. Rememoró a Luis González y González: “Fue mi verdadero maestro. Si hay un maestro en mi vida, es él. Era un humanista en todo el sentido de la palabra. Me enseñó la modestia que debe de tener alguien con tanto saber y tanta sabiduría”. La cultura mexicana, dijo, es una mezcla de lo trágico y lo cómico, lo que le permite mantener un cierto sentido del humor. Su receta es huir del exceso de seriedad. “Su secreto —remató— es ser una cultura abierta. Aún en sus peores momentos, como el actual, persiste la esperanza de que el mañana será mejor”.  

Tras la charla quedó claro que, sin la memoria, los humanos nos convertimos en fantasmas. Y también que Le Clézio tiene su propio país: una mezcla de imaginación, realidad, fotografías, películas, literatura y, sobre todo, recuerdos. Un país que existe solo en su interior, pero que los lectores podemos visitar a través de su literatura.