Cuestionar la identidad

No tienen una identidad precisa. Están, de hecho, en un proceso de disolución y reconstrucción de la misma. No se asumen como parte de una generación que, si no se piensa a fondo a sí misma, fácilmente podría ser etiquetada de «boom latinoamericano reloaded». Comparten, sin embargo, el auto exilio, el haber salido de sus países con más o menos odio por aquella porción de realidad que, para bien o para mal, les fue dada, y que en alguna medida los ha llevado a escribir sobre un tema común: la violencia en sus distintas variaciones —social, política, económica, doméstica, corporal—. Comparten también el haber sido seleccionados por la revista Granta, junto con otras escritoras y escritores, entre los mejores autores menores de treinta y cinco años de edad. Y, por su puesto, los une también la escritura, la actividad que los conecta con el mundo y a la vez les permite tomar la distancia y el tiempo suficientes para pensarlo, para narrarlo, para crearlo a partir de sus intereses y obsesiones más profundos.

Se trata de Paulina Flores, Mónica Ojeda y Carlos Manuel Álvarez, quienes fueron entrevistados por Francesco Manetto en el Teatro de la Ciudad, en la última jornada del Hay Festival Querétaro 2021. Si la primera narra en Isla Decepción el drama de los trabajadores asiáticos que, de tan explotados y abusados por la industria pesquera optan por tirarse al mar en el estrecho de Magallanes para intentar escapar, la segunda aborda en Mandíbula la violencia de la intimidad, la que sucede en casa, en la escuela, la ejercida por familiares, parejas, amigos, en aquellos espacios supuestamente seguros, y el tercero, en Falsa guerra, cuestiona el lugar de enunciación del exilio en la literatura y trata de construir uno propio a partir del ejercicio de la nostalgia, de la transformación del odio en rabia.

Hacia el final de la charla tomó la palabra una asistente al evento, profesora de literatura latinoamericana, argentina radicada en Querétaro desde hace varios años. Al igual que les escritores, habló sobre el odio que la orilló a salir de su país. Estando fuera, dijo, ha podido recuperar la gentileza. Contó una historia de cuando volvió a Argentina, muchos años después de haber salido. Se trasladaba en el metro de Buenos Aires rumbo a su destino, cuando el convoy se detuvo inesperadamente algunas estaciones antes. Un pasajero se había tirado a las vías. Durante la espera colectiva, uno de los viajeros, “un típico porteño”, se puso a vociferar: “¡Este país es una mierda!, ¡este país es una mierda!, ¡este país es una mierda!”, a lo que la profesora le respondió: “Todos los países son una mierda, pero la mierda de uno es la única cuyo olor se soporta”. Un colofón coprológico pero preciso acerca de ese acto de fe que subyace a lo que llamamos identidad, que puede ser un paraíso, pero también una cárcel, dependiendo de cómo se construya.